
La parte más larga de una consulta de aumento de pecho no es explicar la operación, sino elegir el implante. Las pacientes suelen llegar con una foto: «Quiero que quede así.» Si la persona de la foto tiene otra estatura, otra anchura de hombros, otra caja torácica y otro tejido mamario, el mismo implante no dará el mismo resultado. Por eso la elección no es como escoger una talla en un catálogo; es un cálculo hecho para su cuerpo a partir de unos pocos criterios. A continuación los explicamos en el orden en que los tratamos en la consulta.
1. El volumen: por qué la pregunta «¿cuántos cc?» engaña
La primera pregunta casi siempre es sobre el volumen: «¿300 cc es mucho?» La respuesta depende de a quién se le ponga. Los mismos 300 cc producen un aumento evidente en una mujer delgada de tórax estrecho y apenas se notan en una mujer alta de hombros anchos. Por eso lo primero que hacemos es medir en milímetros la anchura de la base de la mama. El diámetro de la base del implante no puede ser mayor que el de su mama; si lo es, el implante se desborda hacia la axila o hacia el centro y nunca queda natural. Esta medida fija por sí sola el rango de volúmenes posibles.
Luego está el asunto de la talla de sujetador. Querer «subir una copa» es comprensible, pero las tallas varían tanto de una marca a otra que no sirven como medida de planificación. En la consulta le dejamos ver distintos volúmenes bajo la ropa con implantes de prueba colocados dentro del sujetador. La mayoría de las pacientes se decide tras esa prueba por un volumen distinto del que dijo al principio; a veces mayor, casi siempre menor.

2. La forma: ¿redondo o anatómico?
Los implantes se fabrican en dos formas básicas. El redondo es simétrico en todas las direcciones, aporta volumen también al polo superior y marca el escote. El anatómico o en forma de gota es más lleno abajo e inclinado arriba; imita el perfil de una mama natural. El anatómico suena más natural, pero en la práctica es algo más complicado.
De pie, un implante redondo de gel blando también adopta forma de gota por la gravedad; la diferencia entre ambos tipos en posición erguida es menor de lo que se cree. El anatómico, en cambio, tiene un riesgo propio: si gira dentro de su bolsillo, la forma de la mama se deforma y hace falta cirugía para corregirlo. Por eso reservamos el anatómico sobre todo para pacientes con muy poco tejido mamario que no quieren un polo superior demasiado lleno. En la mayoría de las pacientes con tejido propio, el redondo da un resultado natural y seguro.
3. El perfil: mismo volumen, distinta proyección
Es el criterio que menos conocen las pacientes. Dos implantes del mismo volumen pueden tener distinto diámetro de base y distinta altura. El de perfil bajo es ancho y plano; el de perfil alto tiene una base más estrecha y se proyecta más hacia delante. En una paciente de tórax estrecho, la manera de alcanzar el volumen deseado sin superar el diámetro de la base es subir de perfil. En una paciente de base ancha, un perfil moderado queda más equilibrado. La decisión del perfil se basa por completo en las medidas; puede ajustarse uno o dos escalones según la paciente prefiera «natural» o «marcado», pero los límites los pone la anatomía.
4. La superficie y el relleno: ¿liso o texturizado?
Casi todos los implantes actuales contienen gel de silicona cohesivo; aunque la cubierta se rompa, el gel no se dispersa. Los de suero fisiológico ya no se prefieren salvo en casos especiales, porque su tacto es menos natural y tienden más a formar pliegues.
La cuestión de la superficie es más discutida. La superficie texturizada evita que el implante se desplace en su bolsillo y es obligatoria en los anatómicos. Pero después de 2019 algunos productos se retiraron del mercado por un linfoma poco frecuente asociado a ciertas superficies de textura gruesa. Hoy, en los implantes redondos, preferimos superficies lisas o microtexturizadas. A cada paciente le decimos con claridad qué marca y qué tipo de superficie se usará, y le entregamos la tarjeta del implante. Guardar esa tarjeta facilita mucho los controles de años después.

5. La colocación: ¿debajo o encima del músculo?
Esto no tiene que ver con el implante en sí sino con dónde se coloca, pero influye directamente en la elección. En la colocación subglandular, el implante queda justo bajo el tejido mamario, encima del músculo pectoral. Duele menos tras la cirugía y, en quienes hacen deporte, no existe el problema del implante que se mueve al contraer el músculo. Sin embargo, en pacientes con tejido fino pueden marcarse los bordes del implante y aumenta el riesgo de ondulaciones en el polo superior.
En la colocación submuscular, la parte superior del implante queda bajo el músculo pectoral. El polo superior se cubre con una transición más suave, la mamografía se interpreta mejor y el riesgo de contractura capsular es algo menor. Las primeras semanas hay más tirantez y dolor, y la recuperación es algo más larga. En la mayoría de las pacientes usamos la técnica de doble plano, una mezcla de ambas: la parte alta del implante bajo el músculo y la baja bajo el tejido mamario. El plano lo determina el grosor del tejido que medimos con el test del pellizco; por debajo de dos centímetros, ir bajo el músculo es casi obligatorio.
La vía de acceso también es una decisión
Hay otro tema, fuera de los cinco criterios, que se pregunta mucho: ¿por dónde entra el implante? Hay tres opciones. La incisión en el surco submamario es la más común; ofrece la mejor visión, sirve para cualquier tipo de implante y la cicatriz se esconde en el pliegue. La incisión alrededor de la areola cicatriza casi sin verse si la areola es suficientemente ancha, pero como atraviesa los conductos de la leche conlleva un pequeño riesgo añadido para la lactancia y la sensibilidad. La vía axilar no deja ninguna cicatriz en la mama, pero no es adecuada para implantes anatómicos ni para volúmenes grandes. A la mayoría le recomendamos el surco submamario; una cicatriz de cuatro o cinco centímetros se convierte en una línea fina y pálida al cabo de un año.
¿Es la grasa propia una alternativa al implante?
Esta alternativa se pregunta cada vez más. Extraer grasa propia del abdomen o los muslos e inyectarla en la mama resulta atractivo para quienes no quieren un cuerpo extraño. Pero sus límites son claros: el volumen ganado en una sesión suele quedarse en media copa, parte de la grasa inyectada se reabsorbe y no puede hacerse en pacientes delgadas sin suficiente grasa que extraer. Para quien quiere un aumento visible, sola no basta. En cambio, combinada con un implante es muy útil: un complemento ideal para suavizar los bordes del implante, rellenar huecos en el escote y equilibrar pequeñas diferencias entre ambas mamas. Así que la pregunta casi nunca es «implante o grasa», sino «¿añadimos grasa al implante?».
¿Qué ocurre en la consulta?
La primera visita dura unos cuarenta y cinco minutos. Primero escuchamos sus expectativas; las fotos que traiga sirven, porque la palabra «natural» significa algo distinto para cada persona. Después, las medidas: anchura de la base mamaria, distancia del pezón al surco, grosor del tejido, diferencia entre ambos lados. En casi todas las mujeres las dos mamas son algo distintas; detectamos esa diferencia de antemano y a veces la compensamos poniendo volúmenes distintos en cada lado. Luego, la prueba con implantes de ensayo dentro del sujetador. Al final quedan dos o tres opciones y la decisión la tomamos juntos.
Una cosa más: no saldrá de la consulta con la presión de «decidir hoy». Muchas pacientes se llevan las medidas y las recomendaciones, lo piensan unas semanas y vuelven. Correr no aporta ninguna ventaja en esta operación; una cirugía hecha con el implante correcto, en cambio, le acompaña durante años.